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Qué tema tan simple y a la vez tan complejo para los humanos. Nos enredamos en papeles y en una burocracia que no tiene sentido cuando se trata de compasión, de empatía, de evitarle el sufrimiento a otros seres que en el caso de ayer era cuestión de honrar eso que somos para permitir devolverle a la tierra y sin dolor el cuerpo de un animal que tampoco merece quedar abandonado a su suerte sin un poco de compasión por su semejante que además lo utiliza como un negocio.


Caminar para mi es mi decisión, mi pasión y si lo puedo hacer remontando quebradas arriba lo hago con toda la voluntad que me caracteriza, sin agüeros. Ayer misteriosamente decidí caminar por el borde de la quebrada y caminé como si estuviera siendo dirigida por algo mayor, algo más fuerte, una onda misteriosa que luego entendería. Y subí montaña arriba sin dudarlo siquiera, el paisaje es tan conmovedor que no importa desde donde lo mire, o qué tormenta lo moje, hay un encanto en este lugar que en la montaña o en la quebrada hay magia.


Ayer hubo más. En una colina salieron haciendo una danza espectacular decenas de gallinazos. Nunca había visto tantos ni tan de cerca. Aún inocente pensé que así como los parapentistas habían encontrado un buen lugar para lanzarse al vacío, tal vez ellos hacían lo mismo. Que lejos estaba yo de imaginar la escena que vería cuando alcanzara la cima. A lo lejos vi un cuerpo de un animal. Y sin saber qué era me acerqué para en un pequeño pantano encontrar un ternero vivo en la peor posición imaginada, con sus patas traseras atrancadas en un siete cueros y con su torso hundido hasta medio cuerpo y con algunos pequeños huecos que me contaron que los gallinazos empezaban a comérselo aún vivo. La presa más indefensa y fácil que yo haya visto jamás.


Ando con de todo en mi morral, no solo me importa mi vida, y la de mis perros, me importa la de los demás. Incluyendo todo lo que tenga vida. Y sin dudarlo empecé a intentar solucionar con lo poco que tenía para una situación tan extrema, sobre todo porque cuando podía ver su mirada y sentir su jadeo y ver como me perseguía con la mirada, quedarme sin hacer nada no era la opción.  Quienes me acompañaban pacientemente hicieron lo suyo. Llamar a pedir ayuda fue lo primero y aunque llegaron más de una hora después, pudimos durante ese tiempo, además de ser compañía, desenredarle las patas traseras, darle agua con sal, con dulce, tequila, limpiarlo, taparle las heridas con hojitas y sobre todo que los gallinazos no siguieran en su fiesta, aún con su corazón latiendo y sobre todo con todo su ser sintiendo y viendo todo lo que le pasaba.


Mientras intentábamos desenterrarlo, me di cuenta que una rama del siete cueros estaba cortada lo cual me indicó que alguien ya había pasado por allí. Me dio esperanzas, seguro ya vendría con más ayuda. Pero no podía yo imaginar siquiera el relato que acompañaría esta historia hoy. Ya el hijo del propietario lo había encontrado porque estaba perdido hacía varios días. Pero el estado que le describió a su padre no era el mismo que nosotros podíamos ver y entonces su padre, el dueño de ese hermoso ternero, simplemente le dijo, entonces déjelo ahí. Cuando yo escuché esa historia hice que llamaran insistentemente al dueño de un ternero indefenso que peleaba por su vida con todas sus fuerzas, pero sin la posibilidad de salir de aquel pequeño hueco y sin heridas reales por haberse rodado unos pocos centímetros y quedado patas para arriba.

La indolencia humana me conmueve. Aquí si es sálvese quien pueda. Con los seres humanos de hoy, aquel respeto por la vida y sobre todo por darle muerte digna a quien te va a dar algo de dinero o a quien simplemente has amado y necesita dejar de sufrir no es una opción hoy. El ternero no estaba herido, estaba enterrado y si sacarlo iba a ser tan difícil, darle una muerte instantánea hubiera sido el acto más grande de compasión. Pero no, dejarlo a su suerte y por más de cinco días fue la solución. Qué desgraciados quienes hacen esos actos tan violentos con la vida. Con ese milagro que todos tenemos. Sin importar qué seamos.


Con ayuda logramos ponerlo en un lugar más cómodo, le hice masajes, le dimos de beber y hasta le inyectamos algo que cargo en mi botiquín. Al atardecer regrese con abrigo y con algo más dulce. Para que despacio recuperara sus fuerzas. Sin pensarlo y mientras veía que de sus ojos salían lágrimas dio su último suspiro y yo me quedé sumida en un desconsuelo por saber la impotencia que me rodeaba en aquel momento de esa montaña de los andes que amo con locura y en donde aún hoy habita gente indolente por los seres de los que ellos mismos son responsables. Me siguió una vez más y en lo que yo soñé o imagine me dijo gracias. Creo que por acompañarlo a morir dignamente, al menos en compañía de otro ser que no fueran aquellos alados negros que no reparan en si estas vivo o si ya estas del otro lado.


Morir dignamente TIENE que ser una opción para todos los seres. No sé qué le pasa a esta especie mía, pero cada vez me alejo más de ella y no sé cómo regresarle…

 
 
 
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Cuando se supone que esto gira y que vamos hacia adelante. No puedo entenderlo. Es irreal, absurdo, sacado de un cuento de horror que los colombianos no queremos volver a vivir.


Antes de ayer, despertamos viajando hacia atrás en el tiempo y ninguno quiere volver a lo mismo, menos los que dicen ser pacíficos y hacer una paz que firmaron pero nunca cumplieron. La paz se hace con hechos y no con papeles y firmas para demostrarle al mundo algo que no son capaces de cumplir porque en su corazón no habita el amor.


Volver atrás es casi imposible para los que si verdaderamente anhelamos la paz, no solo en nuestros corazones, sino en todo nuestro territorio tan valioso y lleno de gente maravillosa, que desea cosas buenas y sueña con un futuro mejor. Soñamos con ir libre por las calles, por nuestras montañas, por nuestros ríos y quebradas, sin sentir que nos acecha el terror de una guerra que siempre nos ha perseguido y de la que no hacemos parte.


No hay derecha ni izquierda, esos son conceptos obsoletos para un mundo que avanza vertiginosamente al ritmo de altas inteligencias que nos pueden asegurar muchas cosas. Existe la verdad y la justicia, la transparencia y la honestidad, existe el amor como fuerza casi sobrenatural para que seamos capaces de construir un mejor futuro para todos. Éste que nos quieren vender no me lo como, no lo quiero, no lo acepto y no lo tolero. No va más. 


Volver atrás es retroceder más de 30 años, es volver a días de mi país llenas de violencia y de horror y aunque actualmente gobierne una energía que cree que lo va a destruir todo, en realidad confío en la naturaleza como la entidad más poderosa que existe. Ella sí gobierna y equilibra este caos que para los mismos humanos nos es casi imposible. Porque es irresistible no sentir rabia y dolor, impotencia, angustia, desasosiego. Ayer quienes habitamos Colombia sentimos todas las emociones juntas en un solo día. Después de más de dos meses de sentir y ver la angustia de una joven familia finalmente no logramos nuevamente salir 

invictos de un evento tan increíblemente doloroso para ellos y para nosotros porque todos perdimos nuevamente la paz que nos es tan esquiva.


Todos pretendemos seguir con nuestras vidas, lo intentamos, lo hacemos, “pretender” es nuestra mayor capacidad. No es la resiliencia, esa la superamos con creces, especialmente quienes ponen los muertos y el dolor profundo. Yo ando de capa caída y siento que Colombia está igualmente adolorida. Seguro hay algunos felices, porque al final lograron lo que querían y debieron celebrar ayer mientras otros estábamos adoloridos y sintiendo lo que se viene. Porque si estoy segura que tanto dolor no para aquí, por más clamores de no venganza que hagamos. Toda acción tiene consecuencias y por más débiles que se sientan, ellos, tal cual como lo dicta la guerra, harán lo preciso. Y nosotros, los civiles, esos de a pie, en medio del horror de una guerra que no nos pertenece.


Volver atrás, quien lo quiere…

 
 
 
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A mantener algunas costumbres y algunos dichos y normalizamos que algunos de ellos parezcan correctos cuando todos sabemos que no. Si alguien nos engaña, es usual que nos culpen. Es decir, el culpable no es el que te robó o te engañó, sino uno que además de que fue vulnerado y violentado es culpable de ser honesto y bueno. “Por güevona, ah no mija, es que tiene que ser mas avispada. Le vieron la cara.” Y yo la verdad no entiendo esta doble moral en que esta sumida nuestra sociedad. Tiene razón el ladrón, qué absurdo. Y la cultura lo justifica porque uno es el mamerto.


Nos acostumbramos a quedarnos con lo fácil, con lo sencillo, con justificaciones imprecisas sobre la realidad y con mentiras que jamás podrán sostenerse por sí solas. Cuando la energía de lo verdadero es quizá lo mas poderoso que pueda existir. Porque la trasparencia de un contrato verdadero, de una amistad real, de un abrazo sincero, de un beso apasionado, de un te quiero con el corazón abierto, jamás podrá ser superado por alguno de sus opuestos. Te quiero, así no más y acepto mis errores y reconozco mis carencias, es eso lo difícil de decir y por lo cual, yo, en particular sigo caminando casi siempre en solitario, aunque no tanto, mis perras son unas grandes compañeras que no saben mentir. Y por eso es que las amo tanto.


Nos acostumbramos a tantas cosas banales que cuando el tiempo que es nuestro propio invento, nos da tiempo, la quietud parece engañarnos y nuestro espíritu tiene un asomo de un desasosiego extraño, algo que solemos llamar aburrición, pero que no es más que nuestra realidad de no aceptar que nuestra mente puede y quiere permanecer también tranquila. En paz, sin pensamientos, en silencio. Y cuando aquietamos nuestra mente sentimos sutilmente que algo nos falta, cuando no nos falta nada, porque el vacío es justamente lo opuesto. El silencio de nuestra mente es poder desacostumbrarnos a mantenernos siempre ocupados, no solo físicamente, sino en el plano de nuestra propia virtualidad.


Nos acostumbramos a auto sabotearnos y cuando debemos aferrarnos a nuestras creencias olvidamos las innatas, esas que sí somos y que nos hacen humanos. Nuestra naturaleza humana, animal de por sí, sabe tanto de nuestro entorno, tiene miles de años de acumulación de experiencia y aún así dudamos de nuestras propias capacidades de creación y de manifestación que se nos ha otorgado así como a muchas otras especies infinitas posibilidades de haber alcanzado hoy hasta lo inimaginado. Somos infinitos, nuestra mente es absurdamente vasta y capaz de todo. Amo la telepatía por encima de cualquier otra forma de comunicación. La he vivido con seres y no seres, ni sé como llamarlos, no humanos, nos creemos únicos y en nuestro propio planeta coexistimos con infinidad de otras especies que ni podemos ver, porque algunas son invisibles a nuestros ojos.


Nos acostumbramos a dar casi todo por sentado y olvidamos que la vida es un milagro maravilloso de la combinación e interacción de la energía que compone el universo, millones de galaxias que inexplicablemente existen y en una de las cuales estamos girando sin parar en el misterio de nuestras vidas siempre amenazados por la muerte que es realmente inexistente. Pero nos acostumbramos a creer todo lo que nos dijeron desde niños y salirnos de ahí nos toma casi que la vida entera. Y casi nada de lo que aprendimos era verdad. Somos más que todo lo que nos dijeron y podemos hacer más que lo que pensamos que somos capaces, simplemente nos acostumbramos a ser estos.

 
 
 
Martha Llano 2025®
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