Avanzamos y retrocedemos a la vez. No paramos. Miramos atrás y adelante. Todos intentamos con todas nuestras fuerzas seguir y encontrar una razón para continuar, para no desistir, para no desfallecer ante el desasosiego, ante la incertidumbre, ante esa vaga idea de que todos podemos morir. Y si, todos podemos morir, y todos vamos a morir. Pero nunca sabremos el tiempo. El tiempo es un misterio. Es nuestra mayor duda. Nuestra verdadera y única esperanza para vivir con todas nuestras fuerzas. Y también con todas nuestras ganas.

Es indescriptible pensarte tio. Sé que me lees. Y sé que ahora no puedes. Pero confío en que tu día de partir aún no esté cerca para que veas muchas cosas más de las que más te gustan. Para que me leas muchas veces más y me digas alguna cosa. Alguna. Porque tu intelecto es compartido por muchos de nosotros y tu goce por la vida también. Estás dando la pelea. Batallas contra algo que no conocemos tan bien. Pero tu cuerpo es sabio y sabrá hacer lo preciso. Déjalo hacer lo que tenga que hacer para que salgas victorioso de esta experiencia que vives hoy.

Avanzamos en comprender lo incomprensible. Qué hicimos mal fue mi pregunta pasada. Pero aunque no hicimos el mal como individuos si pudimos haber hecho el mal como comunidad, como colectivo. Como especie. Tantos errores que hoy nos cuestan la vida. La de tantos seres hermosos e inocentes que viajaban lentamente por este trasegar de la experiencia humana. Tantos abuelos y padres y madres que modificaron la existencia de sus seres amados. Porque vinimos aquí fue a vivir y a aprender. Y este aprendizaje está bastante difícil de comprender para todos. Rezamos, oramos, nos pegamos de todos los santos y desde todas las religiones para el mismo fin. Porque al final somos solo uno.

Aún no hay respuestas. Y tal vez nos demoremos muchos meses más en lograr comprender la dimensión de esto que nos invadió. Y sin darnos cuenta se esparció por el mundo y lo tomó. Y nos hizo más temerosos. Y nos hizo revisar todo lo que hacíamos bien y mal. Y nos hizo añorar una cena en casa de los padres. Y nos hizo añorar a los padres. Y nos hizo añorar un abrazo de esos apretados de los amigos más entrañables. De los que uno queda sin aliento pero con el corazón lleno del amor más puro y delicado. Nos hizo añorar unas cervezas al lado de chimenea, y una tarde de jugarreta en familia. Y nos hizo añorar salir por ahí tomados de la mano a un pueblo cualquiera, para sentarnos en un parquesito apartado y desconocido a sentir la tibieza del aire y la belleza de la vida en el campo.

Hay días que olvido todo. Y me siento en otro planeta. No éste. Y puedo sentir una sensación cálida y maravillosa en mi espíritu. Hay otros en que recuerdo cada cosa. De cada quien. Y entonces te recuerdo Rosita y te recuerdo Gabriel. Y no dejo de pensar entonces en mis antepasados a quienes busco hoy con afán y placer. Como si se tratara de estrellas luminosas y fugaces. Y mientras armo mi propio rompecabezas, descubro que todos vivimos con las mismas esperanzas. De encontrar el amor. De verlo y reconocerlo para luego crecer y viajar por esta vida en las circunstancias que nos hallan tocado. Porque en otros tiempos también hubo dolor. Guerra. Abandono. Espera...

También hubo desasosiego e incertidumbre. También hubo un poco de todo lo mismo. Es como si se repitiera. Porque así es la evolución de las especies. Crecer duele. Crecer es difícil porque implica soltar. Dejar ir lo viejo para recibir lo nuevo. Entregar para recibir. Pero no es simple. Ni fácil. Es complejo y en esa complejidad también habita el amor. Y así todo evoluciona. Todo crece y se expande. El asunto es que sentirlo sin dolor es casi imposible. Tal vez los más iluminados lo hacen. Y si acaso. Porque a los que somos de esta especie, mundanos y mortales, cada una de las cosas humanas nos duelen en el alma. Me duele mi hijo, me duele mi bosque, me duele, mi tierra fría y más aún hoy la tierra salada.

Es indescriptible la sensación que sentimos hoy muchos. Va más allá de todo. Intentamos olvidar y hasta el olvido se ha olvidado sanarnos.

Yo aún no comprendo. Porque no comprendo muchas cosas del mundo actual. Intento. Pero me he alejado desde hace tantos años de lo que no quiero, que ahora que quiero por mas que intento no logro comprender. Me cuesta. Ya he dicho esto tantas veces. Ya he expresado qué especie creo que somos. Y creo no equivocarme. Somos altamente egoístas. Nos falta ternura para ver con amor el mundo que nos rodea. Las otras especies que silenciosamente pasan cerca nuestro. Los individuos de nuestra misma especie inclusive que pasan también silenciosamente a nuestro lado y que necesitan de una mano amiga. De una mano que los mire con amor y no con rencor. Que les tienda un brazo lleno de esperanza y no de odio.

¿Qué es lo que hemos hecho mal? Si bien ya somos muchos, hay suficiente para todos. Suficiente espacio. Posibilidades de alimento. Sano. De agua potable y saludable. De aire que nos permita respirar tranquilamente sin pensar que morimos a cada bocanada. A cada instante. Como ahora. Llenos de miedo y de angustia. Llenos de pavor y de horror. Como si el mundo se acabara. Pero, sí es que el mundo se acaba también a cada instante, en miles de lugares al tiempo, y en ninguno a la vez. Nos destruimos. Todo el tiempo. Nos inventamos razones para existir y estar, pero muchas veces creo que esto, ya no existe. Ya no es. Muchas veces converso con Anuk una chica del futuro que inventé para poder tener esas discusiones que me arrebatan el aliento. Porque allá donde ella vive, que es este mismo lugar que hoy habito, ya no ven el día, ya no hay agua potable, las flores y el cielo azul es algo que conocen porque es parte de la historia de sus ancestros.

Hicimos mal muchas cosas. Pero hemos hecho infinidad bien. Sin embargo las malas son malas pero de las malas. De esas que nos da vergüenza hasta comprender. Y por eso interiorizarlas y que hagan parte de la sociedad en la que vivimos es casi irrisorio para la mayoría. No son normales muchas cosas. Pero aún así lo son y nos estamos enredando cada vez más en un sistema que debería obedecer a nuestras necesidades y no al contrario. Porque es así. Las necesidades del sistema están por encima de las de cada uno de nosotros. Y es así, como todo es un caos. Y se pierde la belleza de los seres que habitamos este lugar maravilloso. Y matamos jóvenes con nuestras decisiones, y perdemos niños con nuestras decisiones, y matamos a los viejos con nuestras decisiones. Es inaudito.

Y así todo es absurdo. Vemos cada cosa con un símbolo bastante extraño. $. Un símbolo que hoy define la mirada de todo. Y nos quitan y nos dan por él. Y todo funciona mecánicamente cuando él gira. Si no gira no funciona nada. Y las vidas de nuestros seres amados no hay cómo cuantificarlas de esa forma. De hecho no hay forma. Y las pérdidas humanas, por más que sean una forma de que la naturaleza equilibre nuestra locura insensata de crecer, no hay tampoco forma de cuantificarlas. Hemos perdido. Siempre. Somos una más. Una especie más intentando despiadadamente agarrarse de la punta del iceberg, pero el iceberg no nos sostendrá tampoco. Nuestra forma insostenible de vivir nos ha costado todo. Le ha costado hasta la vida de otras especies que nada tenían que ver en la ecuación. Pero si tenían que ver. Eran la forma de demostrarnos muchas cosas. Entre esas la capacidad de destrucción que tenemos. Y la cual es increíblemente poderosa. Para saber que la de creación es mayor. Y aún así competimos hasta por un vacuna de la que hoy dependemos muchos. Qué extraño, es un sin sentido.

¿Qué es lo que hicimos mal? ¿Cuántas veces más lo haremos? Hay veces siento que nos faltan miles de años para ser esa especie evolucionada que hoy creemos que somos. Y no somos. La plenitud de la vida de todos está bastante lejos. Somos aún bebés en nuestra historia y sentarnos al frente del mar en una mecedora para revisar nuestra historia está a millones de años luz. Existirá una comunidad poderosa de individuos de nuestra especie. Pero el cerebro de esos seres apenas está evolucionando para convertirnos en ser ese ser del futuro. Nuestra capacidad de amar y de imaginar son una gran herramienta para alimentar a esos seres del futuro con la posibilidad que nos llevará tan lejos como queramos en esta hermosa nave azul. Estamos a tiempo de cambiarlo todo y de hacerlo posible. Mi pregunta es, ¿qué piensas tú cuando piensas? ¿Qué imaginas cuando imaginas? Porque de eso dependerá lo que como colectivo logremos. No es esto que vemos ahora. Jamás.

La posibilidad del silencio. La magia de las gotas de lluvia. El encanto de observar sin tiempo, ni espacio.

En la vida lenta he hallado la fortuna de mirar a los ojos. Sensatamente. Sin necesidad de hablar. Ni de preguntar. Porque en los ojos está todo. Escrito en ellos está la vida que tenemos, la que tuvimos, la que deseamos. Está el silencio de lo no dicho. De lo dicho. Lo pensado y por lo que suspiramos. Está el misterio del universo escondido en esas pequeñas bolitas que lo dicen todo sin callar. Sin otorgar. Sin querer develar pero develando con su brillo la hermosura de quienes somos o de quienes no.

En la vida lenta he hallado el placer de un mensaje del cosmos a las 437 o de un buen café, pensando en qué escribiría en un momento. Y luego poder sentirlo en mis manos, mientras caliento mis dedos para dejar volar mi corazón y plasmar en este maravilloso invento lo que siente mi alma. Dulcemente.

La posibilidad del silencio me entrega mi propia voz. Me desvela con ella mientras recreo mis sueños y los del otro. Me entrega pequeños placeres poco comparables. Una nota que me hace estremecer. Una composición entera que me recuerda quién soy. Miles de gotas sobre este árbol que lentamente escurre para mojar sus raíces. Y también las de otros. Para permitir que sus semillas crezcan despacito. Hasta que él les dé espacio para también alcanzar la luz.

En la vida lenta he hallado el amor. Siempre. En un idilio no solo con el otro sino conmigo y con la vida. Me ha permitido conocer y conocerme. Mirar adentro para ver afuera. Estar para ser porque son lo mismo. Suspirar hasta lagrimear y reconocer el placer de la vida que he vivido, que vivo, por decisión propia. Por ese aire que no podía respirar. Por esa opresión en el pecho que sentía cada vez que veía por dónde íbamos, cómo íbamos, en quienes nos estábamos convirtiendo. Y simplemente no resistía. Y partí.

Y aquí me hallo viviendo la vida lenta desde hace tanto, que ya no recuerdo cuánto. Suficiente para mi. El preciso para este tiempo. El necesario para estar centrada y parada en mis raíces con tanta fuerza como este gigante Roble que me acompaña. Como tantos que hay aquí. Silenciosos. Con una vida lenta también. Deliciosamente.

En la vida lenta he hallado el placer de detenerme constantemente. A coger esas bellotas de los robles que serán los árboles del futuro y susurrarles que traigan mucho aire. Que traigan sombra y que que también traigan un poco más de frío a este planeta. Les he dicho a esas semillitas que crezcan todas. Que no fallen. Que hallen una tierra buena que les de abrigo para que sus raíces crezcan de aquí hasta donde quieran y en su camino se toquen y se abracen con otros árboles, con otros seres, con otras tierras. Para que todas se lleven ese mensaje que tanto necesitamos. Para que desde bien adentro de la Tierra llegue esa sanación que necesitamos. Esa paz. Ese amor. Esa compasión. Esa comprensión.

En la vida lenta he hallado el placer de ciertamente contemplar. A todo. Y a todos. Incluyéndome por supuesto. ¿Quién soy? ¿Qué es esto que llevo por dentro que me permite aprender y hacer y ser? Me contemplo siempre pero casi siempre miro afuera y arriba y abajo. Porque por todas partes hallo la vida. No solo de lo vivo. De todo. Hay veces pasan de repente y siento un suspiro mientras voy por la vida conectada con la energía que somos. Hay instantes que siento hasta abrazos e imagino que es uno de esos seres que sabe en qué estoy pensando.

Aquí me hallo viviendo mi vida lenta. Afortunadamente. Lenta. Porque no hay prisa. Nunca la ha habido. Simplemente estábamos desconectados de lo simple, de lo lento, de lo práctico, de lo esencial. Y es una fortuna hallarlo. Hallarla. Porque entonces todo cobra sentido. Y nuestro espíritu se expande y se potencia, se expresa, se encuentra, se halla, se vuelve uno. Con el todo.

Santa Elena, Medellín, Colombia