¿Qué ha cambiado?

Ha cambiado todo. Ha cambiado mi forma de ver el mundo, y así el mundo ha cambiado. Al menos para mí. Y cambio un día cualquiera. Una noche eterna. En donde no era yo sola con las estrellas. Sino las estrellas conmigo toda y con más seres luminosos que hacen parte de este vasto Universo. Porque ahí están, en todas partes. Casi en cualquier parte. En cada rincón, en cada esquina, en cada lugar oscuro del firmamento que está allí afuera esperándome mientras yo quisiera resistirme a volverte a ver oh cielo estrellado!


No importa dónde me esconda. Porque sé que irás conmigo y te veré en todas partes. Te veo cuando cierro mis ojos queriéndote olvidar. Y te siento en mi corazón cuando late más fuerte que lo normal. Porque ya también sé que no hay nada normal. Nunca lo ha habido. Nunca lo habrá.


¿Qué ha cambiado? Ha cambiado mi experiencia en este viaje que llamamos vida. Completamente. Se me abrieron otros portales que jamás pensé cruzar. Y no fue fácil. Me empujaron y sentí que me iba al abismo. Y fui el abismo. Y fui el vacío. Y fui la roca y el granito de arena en donde caí. Y fui también la nube que me sostuvo. Y el aire que me deslizó por entre el frío de aquellas nubes para dejarme luego reposar en cualquier lugar.


Cambié. Cómo ser la misma, ¿si es que nunca somos los mismos? Nunca vamos a ser iguales de un instante a otro. Porque de repente en un instante cualquiera nos dicen que enfermamos, de esto o de aquello. Que tenemos que descansar. Que debemos dormir más. O que alguien a quien amas con toda tu fuerza le deben inyectar en su hermosa sangre el remedio que le dará tal vez más vida. O que posiblemente se la quitara…


¿Cómo ser los mismos? ¿Cómo permanecer en nuestro camino cuando el camino cambia y nos coge de repente sin saber el rumbo preciso, el correcto? Nunca lo sabremos. Solo hay que confiar. Así lo hago. Confiando. Confiando en cada espíritu amoroso que conozco y que no conozco también. Confiar con todas mis fuerzas en esa mujer navegante que me guía y que está también en mí y que conozco desde niña. Confío en ti oh mujer de este tiempo y de otros tiempos. Te creo y sé que estás ahí no solo guiándome sino guiando a muchos otros que también se pueden eventualmente perder en este mundo de humanos del que todos somos parte.


¿Qué ha cambiado? Ha cambiado mi mirada. Mi rostro se va cansando pero a la vez va adquiriendo un brillo distinto porque he ido a lugares maravillosos y desconocidos. Percibo otras cosas. Veo distinto. Puedo verte árbol y reconocerte de entre millones. Puedo verte piedra y sentirte otra. No la misma. Puedo verte cielo estrellado y reconocerte estrella como esa desde donde me hablas. Y no tengo miedo de hablarlo y reconocerlo. Porque los tiempos han cambiado. No solo cambió cómo me veo y te veo. Cambió realmente el mundo que me rodea y te rodea. Estás allí certeramente sabiendo que yo te escribo esto. Y ya no tengo miedo de hacerlo mientras inclusive ya sabes las teclas que teclearé. Porque yo también juego con la mente de los otros y las palabras que pronunciarán ya las sé. Puedo hacerlo y me encanta. Sin temor. Ya no tengo temor de hacerlo. Así como tampoco tengo miedo de poder jugar con los objetos en mi mano porque mi mente va tan veloz que soy capaz de hacer lo que jamás pensé.


No importa ya más. Porque aquí estoy. Y no es necesario huir nunca más. Aquí estaré y aunque vaya o venga, podrás siempre encontrarme. Porque he dejado de ser invisible hasta para ti y para muchos. Para otros que nunca pensé conocer o que no conozco ni conoceré. Puedo viajar también en el tiempo e ir atrás o adelante. No perdiste tu tiempo navegante. Hiciste bien tu trabajo y aunque debiera olvidar es imposible porque la mente del ser humano a fin de cuentas sí que es poderoso. Nos hicieron así para aún en medio de tanta confusión y tal vez dolor, poder recordar. Y eso hago. Te recuerdo a cada instante que transcurre y no puedo evitar sonreír y ser feliz. Porque me dijiste que esa era nuestra principal razón. Y sí que lo es. Porque es la que más fácil olvidamos. La felicidad. A esa la dejamos olvidada cuando vamos al pasado o al futuro. Y es en realidad la que debe permanecer con nosotros en el presente. Nuestra mejor compañera.

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Santa Elena, Medellín, Colombia