Vivimos en el pasado

Y olvidamos el presente. Éste. Éste único instante que tenemos de vida. No hay otro. Hay que respirar y permanecer ¨still¨. Quieticos. Como si fuera nuestro último instante. Nuestro último aliento. Ese que daremos algún día. En algún momento. En un instante que casi nunca deseamos. Pero que hay veces también deseamos. Porque el frenesí de esta vida es un exceso. Un bendito exceso que muchas veces nos maravilla pero que otras tantas nos abruma. Y nos deja sin aliento.


Vivimos en el pasado o en el futuro. Pero casi nunca en el presente. Porque le tememos. Entonces buscamos siempre la excusa de ir atrás para encontrar culpables a nuestro instante presente. Cuando en realidad no hay vuelta atrás. Escogimos lo que somos, lo que tenemos, donde estamos y con quien estamos. Y cuando entonces eso nos agobia demasiado, vamos atrás a ver de qué nos agarramos para justificar nuestras acciones. Eso que hacemos a otros y a nosotros mismos. Como si eso lo fuera a remediar. Y nada. Si no nos funciona nos salimos de la realidad y vamos hacia adelante para imaginarnos cómo será nuestra nueva vida. Nuestro nuevo yo. Y tampoco hay vuelta atrás. Y en este caso adelante. Somos lo que somos al frente, adelante o atrás, a menos que aceptemos con consciencia quienes somos.


Vivimos en el pasado. Siempre es más fácil. Porque no existe. Entonces allí solo habitamos nosotros. Con nuestros recuerdos. Con nuestras historias. Hermosas o no tanto. Pero al fin y al cabo pasadas. Y en esas historias pasadas todos estamos cargados de historias. Que valga la redundancia. De huellas. De cicatrices. Muchas de guerra. Algunas de paz y de amor. Pero otras profundas como cráteres en nuestro cuerpo y en nuestra alma. Y entenderlas hay veces es demasiado complejo.


Olvidamos el presente. Con todo lo que eso implica. En el presente podemos tocar nuestra propia piel. Acariciarnos. Abrazarnos en el silencio de la madrugada cuando la alegría me embarga por algo que ni siquiera sé qué es. Es una sensación en mi piel. Y me miro en el espejo y me sonrío y me digo lo logramos. Lo logré. Porque ayer estos robles parecían hablarme en el más absoluto silencio y yo podía escucharlos. Y sentía la brisa tibia de sus espíritus diciendo gracias.


Vivimos en el pasado o en el futuro. Y allí nos anclamos cómodamente y el presente lo dejamos correr en medio de la inercia y el frenesí de una vida sin sentido. Porque cuando ese último aliento ¿qué será lo que recordaremos? ¿Qué podremos tocar o abrazar o besar? ¿Los documentos que firmamos locamente en medio de este sistema serán algo que siquiera tendremos por ahí en nuestro recuerdo? ¿El dinero, los bienes, con quienes discutimos o no estuvimos de acuerdo? ¿O será esa placidez de haber vivido la vida en cada uno de sus instantes con respeto y decisión? ¿Con alegría y armonía? ¿Con serenidad y en paz con todos? ¿Una utopía?


Mira a tu alrededor. ¿Te gusta lo que ves? ¿A quién ves? ¿Te gustas desde la punta de tus dedos hasta tu nariz? ¿De ancho y de largo? ¿O a lo que ves le falta? ¿Le falta algo que desees ser y hacer y conseguir? Mírate fijamente en el espejo cada mañana. Permite que ese diálogo contigo sea honesto. El más. Y sé compasivo. Y deja que tu espíritu te hable. Así como tu cuerpo . En ese lenguaje antiguo. Y escúchalo. Y no vayas atrás ni adelante. Al pasado déjalo guardado como un albúm de fotos. En donde habitan tus recuerdos. Y de vez en cuando con cerveza en mano empieza a recordar. Pero no más. Déjalo libre. Déjalo ser. Permítele la libertad. Tu pasado no puede ser tu esclavo para dejarlo ahí atado a cadenas que no quieres romper ni romperás. Sólo libéralo para que vuelva de vez en cuando como con vida propia a recrear lo vivido. Lo bailado.


Vivimos en el pasado. Y cuando termino de teclear, este presente en el que veo un cielo casi azul y en el que las aves me recuerdan que ya es hora de partir para mi monte, ya no está. Y ya estoy en el futuro. Y amo pasar cada instante desde el pasado al presente y el futuro. Me siento una viajera del tiempo todo el tiempo. Lo siento. Hace muchos años que tengo el placer de no hacer lo que no quiero. Es un privilegio. Una bendición. Un riesgo. Una alteración a todos los designios de una cultura. Pero tomos los riesgos y asumo las consecuencias. Somos el reflejo del mundo.


Lo que ves en mi lo tienes en ti. Así es que no hay instante que perder. Dejarme rozar suavemente por el mundo es mi opción. Y la tomo. La cojo. La quiero. La abrazo. Y así puedo sentirlo todo. Con todas las fuerzas. Con toda la pasión. Con todo el antojo de poder vivir plenamente mi vida. Y acompañar a mi hijo en la suya. Porque él es mi semilla en este mundo. Una que amo con locura. Porque eso es lo que se llevará este espíritu mío a donde quiera que vaya. Lo importante. Lo esencial. Lo vital. Cuando sea. Y cuando quiera que sea.


Vivimos en el pasado. Y en realidad es hermoso. Porque ni el pasado ni el presente ni el futuro existen. Todos están en uno. En uno solo. Son uno. Y nosotros con ellos. Así. Sin más.

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