Y sí podíamos


Si podíamos cambiar. Sí podíamos dejar nuestros malos hábitos. Si podiamos mirar la puerta de nuestro vecino. Si podíamos sentarnos todos juntos a la mesa. Si podíamos mirar nuestros recursos y saber que tenemos que cuidarlos. Que son finitos. Que hay millones sin al menos un plato caliente hoy. Sin una cama con cobijas secas. Sin viento. Sin riesgos.

Y sí podíamos no tener que hacer filas para reclamar nuestras medicinas. Si éramos capaces de diseñar un sistema funcional y operativo. Para nuestros viejos. Para nuestros hijos. Para nosotros. Si éramos capaces de ser esa especie altamente inteligente que creemos que somos para diseñar y apoyar y donar y entregar más y más. Mucho más. Si había plata. Si hay suficiente para todos. Sí podemos mirar a los nuestros sabiendo que juntos, en una pequeña manada sobreviviremos.


Si podíamos cambiar. Sí podíamos dejar de salir por todo y a todo. Sí podíamos disminuir nuestro consumo de todo. Era preciso. Las grandes ciudades viven en un frenesí absurdo y se comen al planeta sin darse cuenta. Muchos son conscientes. Otros no. Ahora más que nunca sabemos cuánto dependemos del campo. De los árboles. De una lechuga hermosa. De miles de verduras que necesitamos y de las cuales tal vez algunos ya estén privados.

Sí podíamos dejar nuestros malos hábitos y podíamos ver a nuestros hijos para saber qué caminos cogieron. Y que ellos también supieran de nuestro rumbo. Ya poco nos encontrábamos. Poco. Estamos en una misma nave que nadie puede abandonar y nos desconocemos. Parecemos otros. Estamos dormidos en la supervivencia y ahora la supervivencia nos dice que es de otra forma. Que es distinto. Que ciertamente somos una especie vulnerable. Mucho. Porque un diminuto guerrero nos tiene en estas.


Si podíamos mirar la puerta de nuestro vecino y aunque sea cuestionarnos si al menos están bien. Porque si no lo están, nosotros tampoco lo estaremos. Sucumbiremos con ellos y es preciso entender todo esto desde la perspectiva de la comunidad. Como todas las especies. Los grandes cambios los detona algo diminuto y modifican el comportamiento de millones. Siempre. Ellos lo saben y permiten que todo se restaure naturalmente. Resiliencia. Bendita resiliencia que nos ha puesto a ver con los ojos de los otros. En los zapatos del otro. Desde la piel de los otros. Respirando con sus pulmones y comprendiendo que todos somos uno. Lo que pasa en Italia, pasará aquí. Esa es nuestra ventaja. Podemos saber qué pasará. Los Chinos no supieron todo. Los chinos vivieron esto bastante solos. A tientas.


Si podíamos sentarnos todos en la mesa y vivir una vida diferente. Si podíamos dejar de malgastar nuestro tiempo en una burocracia que nos tenía enredados en los papelitos de los papelitos. Por fin entendimos que se puede hacer diferente. Que nuestros viejos no tienen que ir por su pensión o que hay miles de trabajos que sí pueden ser más flexibles para que nuestros hijos crezcan con más cantidad y calidad de tiempo con sus padres. Si se podía. Pero tenía que venir a decírnoslo un diminuto e invisible para que comprendieramos que esta humanidad iba a cambiar toda junta en esta única nave.


Si podíamos tener a todos nuestros seres de las calles recogidos en un solo lugar viviendo más decentemente. Si era posible. Y a miles de profesionales dando todo de sí. Porque todos somos seres valiosos. Y si podemos detenernos en seco sin precedente alguno, para poder controlar lo que hace siglos no pudieron. Porque no tenían lo que ahora compartimos todos nosotros: la información. Somos más que afortunados. Vivimos en una era llena de posibilidades y oportunidades que podrían hacer de nosotros los mejores. Los más avanzados. Tendríamos suficiente todos para vivir en vez de andar pensando en lo que los otros tienen. Podemos vivir en un tiempo en donde los valientes obtienen del sistema lo mejor. Porque se lo merecen. Son héroes. No van detrás de una pelota y ganan millones de euros. Van detrás de una máscara detrás de la vida de un paciente. Y aún así. Pueden morir. Y si esto no nos cambia, nos deja sumidos en la misma cultura absurda que no nos estaba llevando a ninguna parte. A ninguna.

Si podíamos leer más, aprender más, jugar más. Ser más compasivos, generosos, amorosos, conscientes. Si podíamos. Pero no queríamos. No todos. ¿Por qué? Si podíamos lavarnos las manos. Y no lo hacían muchos. Si podíamos compartir nuestro alimento. Sí podíamos repartirnos las tareas en casa. Si podíamos pensar en que millones viven en condiciones extremas. Si podían nuestros gobernantes mirarse a los ojos y resolver esto que nos toca a todos. Si podíamos. Si podían. Si podemos.


Hay esperanza para la humanidad. Si entendemos esto, ya seremos otros. Nuestros patrones de comportamiento serán otros para siempre. Y esto quedará escrito en nuestra historia como un momento de quiebre fundamental. Uno en donde nos reconocimos como especie y comprendimos que somos parte de una naturaleza que desconocemos y también tememos.

Y si podíamos, teníamos que hacerlo y no lo hicimos. Así es que la naturaleza en un acto generoso y amoroso nos ha dado una lección. Dura y fuerte. Pero casi ninguna lección no lo es.

Si podíamos. Y si podremos.

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Santa Elena, Medellín, Colombia