Que nada nos esclavice

Nada. Ni escribir. Que todo sea por pasión. Por deseo. Por conquistar esa libertad que nos es permitida. Por esa.


Que nada nos esclavice. Porque cuando pasa todo comienza a ser mecánico. Y nos equivocamos. Y cometemos errores. Y es peligroso. Para todos. Para nosotros. Para quienes nos rodean. Para nuestros hijos. Para nuestras familias. Para nuestros pacientes o clientes o para quienes hagamos las cosas. Nada como hacer las cosas por amor. Por placer. Porque nos permite felicidad. Porque damos felicidad.


Que nada nos esclavice. Ni el tiempo. Ni la plata. Ni los ritos. Ni las religiones. Ni las compras. Ni las amistades. Ni los amores. Ni las parejas. Ni las familias. Ni los amigos. De cualquier número de patas. Porque entonces nos perdemos. Y dejamos de ser quienes somos. Y nos convertimos en lo que algo o alguien más quiere. Y no sentimos esa delicia de la libertada en nuestras manos. En nuestro teclado. En nuestro tacto. En nuestra piel.


Que nada nos esclavice para que podamos encontrarle el verdadero sentido a esta vida. Lo que más esclaviza son los trabajos. Por temor. Porque nuestra sociedad está basada en el miedo. Y no en el amor. Y entonces tememos perder. No llegar. No ganar. No ser mejor que los otros. No tener más que los otros. No comprar más que los otros. No lucir mejor. Viajar más. Conocer más y gastar y gastar. ¿Y nosotros? ¿Qué tanto viajamos a nuestro interior? ¿Hacia adentro?


Que nada nos esclavice. Ni meditar. Ni hacer yoga. Ni caminar por la naturaleza. Que lo hagamos siempre por la delicia del sol tocando nuestro rostro. O la lluvia. O porque haciéndolo nuestra energía se transforma en algo más. En algo mejor. Aunque muchos lo duden. Somos energía que se transforma. Constantemente. A cada instante. Y siempre somos otros.


Que nada nos esclavice para que nuestro mundo sea mejor. Ni una taza de café. Ni de té. Ni de nada. Ni la forma como comemos o dormimos. O con lo que dormimos. Seamos flexibles. Para que nuestra existencia sea más liviana. Para que nada nos domine sino que nosotros seamos quienes tengamos el control sin que éste tampoco nos esclavice. Sino que por el contrario nos otorgue más libertad.


Que nada nos esclavice para que no exista nada que nos gobierne a excepción de la verdad. De la honestidad. De la transparencia. De lo correcto. De lo que es y debe ser. De lo que permite que nuestro pensamiento sea cada día más sano. Más armonioso. Más amoroso. Con todos.

Que nada nos esclavice para que podamos sentir y ver la belleza de esta vida que por alguna misteriosa razón estamos destinados a vivir. A consentir. Porque es la única que tenemos. No tenemos dos. No así. No con los que estamos y con lo que hemos escogido ser y tener.


Que nada nos esclavice…por el contrario. Que todo nos libere. Que nos haga peso pluma y tan livianos para que el viento nos lleve lejos y alcancemos nuestros sueños. Nuestros proyectos. Nuestros deseos. Y nuestras ilusiones sean dulces y toquen el corazón de aquellos que están viviendo con tanto miedo que todo los paraliza. Que siguen siendo autómatas de su propia vida y no le hallan sentido a buscar nuevas cosas. Nuevas oportunidades. Nuevos amores. Nuevos proyectos. Nuevas energías que renueven sus ganas de vivir. De continuar una vez más. De hacer nuevas cosas con nuevos seres. De alzar el vuelo una vez más.


Que nada nos esclavice…la sola palabra nos trae recuerdos no tan gratos. De una época inhumana. De una época en que unos eran dueños de otros. Y les pertenecían. Y no le pertenecemos a nada ni a nadie. Que ninguna red te atrape. Ninguna.

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Santa Elena, Medellín, Colombia